
Entrenamiento polarizado: por qué la zona intermedia rinde menos
La evidencia de Seiler y Stöggl revela que la zona intermedia, la más entrenada, es la que menos rendimiento aporta.
Resumen
Cuando Stephen Seiler analizó lo que realmente hacían los esquiadores de fondo de nivel nacional, encontró algo que contradecía el sentido común del entrenamiento: la inmensa mayoría de sus sesiones eran claramente suaves y una minoría claramente duras, con muy poco trabajo en la zona intermedia. Años después, un ensayo controlado comparó cuatro modelos de distribución de la intensidad y el patrón polarizado salió ganando. Este artículo reconstruye ese recorrido y explica por qué la zona que más se entrena en la práctica es, probablemente, la que menos rinde.
El caso: lo que los atletas hacían no era lo que se creía que hacían
En 2006, Stephen Seiler y Glenn Kjerland publicaron en la Scandinavian Journal of Medicine and Science in Sports un trabajo con un título que era en sí mismo una pregunta abierta: "Quantifying training intensity distribution in elite endurance athletes: is there evidence for an optimal distribution?".
No era un experimento de intervención. Era algo más básico y, en su momento, más revelador: una descripción rigurosa de lo que los deportistas hacían de verdad. Los autores cuantificaron la distribución de la intensidad de un grupo de esquiadores de fondo junior de nivel nacional a partir de 318 sesiones de resistencia, y compararon tres métodos distintos de cuantificación.
El resultado fue consistente. Analizando por frecuencia cardíaca, alrededor del 75 por ciento del trabajo se situaba en la zona 1, un 8 por ciento en la zona 2 y un 17 por ciento en la zona 3. Al cuantificarlo mediante la percepción del esfuerzo de la sesión, las cifras eran prácticamente las mismas: en torno al 76 por ciento, 6 por ciento y 18 por ciento respectivamente. Es decir, la mayor parte del entrenamiento ocurría claramente por debajo de la zona de acumulación de lactato, y una fracción relevante claramente por encima. La zona intermedia, la que muchos entrenadores consideraban el corazón del trabajo de resistencia, estaba casi vacía.
Seiler bautizó ese patrón como distribución polarizada. Y planteó la pregunta que dio lugar a una década de investigación: ¿ese reparto es una casualidad cultural del esquí nórdico o es una solución que el sistema ha encontrado por selección?
El problema: la trampa de la zona intermedia
La observación de Seiler puso el foco en un fenómeno que cualquier entrenador reconoce en su día a día. El deportista que entrena por su cuenta tiende de forma natural a instalarse en un ritmo cómodamente incómodo: demasiado exigente para ser regenerativo, demasiado suave para constituir un estímulo de alta intensidad. Es el ritmo al que se corre cuando no hay un plan, y también al que se corre cuando el plan existe pero no se controla.
El problema no es teórico, es económico en términos de adaptación. Ese trabajo genera una fatiga considerable, con un coste de recuperación real, a cambio de un estímulo adaptativo inferior al que produciría un intervalo de alta intensidad, y comprometiendo al mismo tiempo el volumen total que el deportista podría acumular a baja intensidad. Se paga caro y se compra poco.
En FHI insistimos ante nuestros alumnos en una idea que este caso ilustra a la perfección: la intensidad no es una variable que se ajuste por sensación, sino un parámetro que se define, se mide y se distribuye. Sin una referencia objetiva de umbrales, hablar de zonas es hablar de nada.
Por qué ocurrió: los mecanismos detrás del patrón
El volumen a baja intensidad no es tiempo perdido
El trabajo prolongado por debajo del primer umbral produce adaptaciones que no dependen de la intensidad, sino del tiempo acumulado bajo estímulo. Entre ellas, el aumento de la densidad y la función mitocondrial en las fibras reclutadas, la mejora de la capilarización, el incremento de la capacidad de oxidación de grasas, la expansión del volumen plasmático y las adaptaciones centrales relacionadas con el volumen sistólico.
Estas adaptaciones tienen dos características clave. La primera es que se acumulan de forma casi lineal con el volumen. La segunda es que su coste de recuperación es bajo, lo que permite sostener cargas semanales altas sin comprometer las sesiones de calidad. La baja intensidad, bien entendida, no es entrenamiento fácil: es la infraestructura que hace posible entrenar duro cuando toca.
La alta intensidad aporta lo que el volumen no puede
En el extremo opuesto, el trabajo por encima del segundo umbral genera un estímulo cualitativamente distinto: tiempo cerca del consumo máximo de oxígeno, mejoras en la función cardíaca máxima, reclutamiento de unidades motoras de umbral alto y adaptaciones sobre la capacidad de tamponamiento y la tolerancia a la acidosis. Laursen desarrolló esta lógica al analizar el equilibrio entre el entrenamiento de alto volumen y el de alta intensidad, señalando que ambos actúan sobre vías parcialmente distintas y no son intercambiables.
La consecuencia es que un programa que renuncia a la alta intensidad se estanca, por mucho volumen que acumule, y un programa que renuncia al volumen pierde la base sobre la que se sostiene esa alta intensidad.
La zona intermedia acumula estrés sin aportar diferencial
El trabajo en torno al umbral produce una carga interna elevada, con activación simpática y demanda de recuperación próximas a las de una sesión intensa, pero un estímulo sobre los determinantes máximos del rendimiento sensiblemente inferior. Cuando esa zona ocupa una parte importante del volumen semanal, ocurre lo que los entrenadores describen como el atleta que siempre está a medio gas: nunca del todo fresco para entrenar fuerte, nunca lo bastante descansado para acumular volumen.
Esto no significa que el trabajo en umbral sea inútil. Significa que, cuando desplaza al resto, el reparto global se vuelve ineficiente.
La prueba experimental: cuatro modelos, un ganador
La descripción de Seiler necesitaba contrastarse con un ensayo. Llegó en 2014, cuando Thomas Stöggl y Billy Sperlich publicaron en Frontiers in Physiology el trabajo "Polarized training has greater impact on key endurance variables than threshold, high intensity, or high volume training".
Los autores compararon cuatro modelos de distribución de la intensidad durante nueve semanas: entrenamiento de alto volumen, entrenamiento en umbral, entrenamiento interválico de alta intensidad y entrenamiento polarizado. La muestra estaba formada por ciclistas, corredores, triatletas y esquiadores de fondo bien entrenados, con entre ocho y veinte años de experiencia y cargas habituales de diez a veinte horas semanales; cuarenta y un deportistas completaron el estudio.
El grupo polarizado obtuvo las mayores mejoras en la mayoría de las variables clave del rendimiento de resistencia evaluadas, incluidos el consumo máximo de oxígeno, el tiempo hasta el agotamiento y la velocidad o potencia pico. Los modelos de umbral y de alto volumen no aportaron mejoras adicionales relevantes.
Un año después, los mismos autores publicaron una revisión sobre la distribución de la intensidad en deportistas bien entrenados y de élite que ampliaba el marco: el patrón polarizado es frecuente en fases concretas de la temporada, mientras que el patrón piramidal, con más volumen en zona intermedia y menos en zona alta, aparece con claridad en otras fases y en otras disciplinas. La conclusión honesta no es que exista un único reparto óptimo, sino que ambos comparten un rasgo esencial: la mayor parte del trabajo se hace a baja intensidad, y la zona intermedia nunca domina el programa.
Cómo se aplica: distribuir antes que apretar
La solución que respalda la evidencia no es un porcentaje mágico, sino una jerarquía de decisiones.
Definir las zonas con criterio objetivo. Sin una prueba que identifique los umbrales, ya sea mediante análisis de lactato, umbrales ventilatorios o protocolos de campo validados, cualquier distribución es una estimación. Este es el primer paso, y el que más se salta.
Contabilizar el reparto de forma consistente. El porcentaje cambia mucho según se cuente por sesiones, por tiempo total o por carga. Seiler y Kjerland ya mostraron que los distintos métodos de cuantificación pueden ofrecer imágenes diferentes del mismo entrenamiento. Lo importante no es qué método se elige, sino no cambiarlo a mitad de temporada.
Proteger la baja intensidad de la deriva. El principal enemigo del modelo polarizado no es el plan, es el deportista que sube el ritmo en los rodajes suaves. Herramientas sencillas como el test del habla, el control de frecuencia cardíaca con techos explícitos o el entrenamiento en grupos separados por nivel resuelven el problema mejor que cualquier explicación teórica.
Ubicar la alta intensidad donde pueda ejecutarse bien. Dos o tres sesiones semanales de calidad, precedidas de días de carga baja, rinden más que cuatro sesiones ejecutadas con fatiga acumulada. La intensidad prescrita solo vale si el deportista puede alcanzarla.
Adaptar el modelo al contexto. Esteve-Lanao y colaboradores estudiaron el impacto de la distribución de la intensidad en corredores de resistencia, y Muñoz y colaboradores analizaron específicamente su aplicación en corredores recreativos. La conclusión práctica es que el modelo polarizado exige un volumen suficiente para que el ochenta por ciento de baja intensidad tenga sentido. En un deportista que entrena tres horas a la semana, ese reparto puede resultar insuficiente como estímulo, y un patrón con mayor peso relativo de intensidad puede ser más adecuado. Desde FHI defendemos que ningún modelo se aplica por prestigio, sino tras comprobar que encaja con el volumen, el calendario y el nivel del deportista concreto.
Aplicaciones prácticas
- Realizar una valoración inicial que permita establecer los dos umbrales y definir las tres zonas con datos, no con estimaciones basadas en la frecuencia cardíaca máxima teórica.
- Elegir un único método de cuantificación de la distribución, por sesiones o por tiempo, y mantenerlo durante todo el ciclo para poder comparar.
- Auditar la semana real del deportista antes de rediseñarla. En la mayoría de los casos aparece un exceso de trabajo en zona intermedia que el propio deportista no percibe.
- Fijar techos explícitos de frecuencia cardíaca o de ritmo en las sesiones suaves y comprobar su cumplimiento en el registro, no en el relato.
- Programar dos o tres sesiones de alta intensidad por semana como máximo en las fases de mayor carga, y situarlas después de días de carga baja.
- Reservar el trabajo específico en umbral para las fases del ciclo en las que la especificidad de la competición lo exige, sin permitir que colonice el resto del programa.
- Revisar la distribución cada cuatro a seis semanas junto con marcadores de fatiga, sueño y disponibilidad, y ajustar el volumen antes que la intensidad cuando aparezcan señales de sobrecarga.
- En deportistas con poco tiempo disponible, priorizar la calidad del estímulo intenso y asumir que el reparto no será polarizado en sentido estricto.
Conclusión
El hallazgo de Seiler y Kjerland tiene un valor que va más allá de un porcentaje. Su aportación fue metodológica: dejar de preguntar qué deberían hacer los atletas y empezar a medir qué hacían realmente los que rendían. Lo que encontraron, y lo que Stöggl y Sperlich confirmaron después en condiciones controladas, es que la distribución de la intensidad es una variable de programación tan determinante como el volumen o la frecuencia, y que la zona intermedia, la más intuitiva y la más frecuentada, es también la que peor relación ofrece entre fatiga generada y adaptación conseguida.
La moraleja para el entrenador es directa: antes de subir la carga de un deportista estancado, conviene mirar cómo está repartida la que ya tiene. En muchos casos, el problema no es que entrene poco ni que entrene suave. Es que entrena casi todo a la misma intensidad equivocada.
Referencias
Esteve-Lanao, J., Foster, C., Seiler, S., & Lucía, A. (2007). Impact of training intensity distribution on performance in endurance athletes. Journal of Strength and Conditioning Research, 21(3), 943-949.
Laursen, P. B. (2010). Training for intense exercise performance: high-intensity or high-volume training? Scandinavian Journal of Medicine and Science in Sports, 20(Supl. 2), 1-10.
Muñoz, I., Seiler, S., Bautista, J., España, J., Larumbe, E., & Esteve-Lanao, J. (2014). Does polarized training improve performance in recreational runners? International Journal of Sports Physiology and Performance, 9(2), 265-272.
Seiler, S. (2010). What is best practice for training intensity and duration distribution in endurance athletes? International Journal of Sports Physiology and Performance, 5(3), 276-291.
Seiler, K. S., & Kjerland, G. Ø. (2006). Quantifying training intensity distribution in elite endurance athletes: is there evidence for an optimal distribution? Scandinavian Journal of Medicine and Science in Sports, 16(1), 49-56.
Stöggl, T., & Sperlich, B. (2014). Polarized training has greater impact on key endurance variables than threshold, high intensity, or high volume training. Frontiers in Physiology, 5, 33.
Stöggl, T. L., & Sperlich, B. (2015). The training intensity distribution among well-trained and elite endurance athletes. Frontiers in Physiology, 6, 295.
Javier Ortega
CEO de FHI · Presidente de la Asociación Internacional de Entrenadores Personales (AIEP)



